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All one (O de la soledad)

| Por: Regina Cellino

El atardecer primaveral se asomaba más allá de las callecitas de agua y de los palacios y catedrales imponentes. Al tiempo que se acercaba a la parte de tierra firme de la ciudad para tomar un ómnibus hacia su próximo destino, recordaba la primera sensación que le había asaltado tres días antes cuando había comenzado la travesía sola. Las ganas de llorar y volver corriendo (volando, saltando, teletransportándose) a la comodidad y seguridad de su hogar, de lo conocido, hicieron que incluso unas lágrimas se revelaran sobre el vidrio en el que tenía apoyado el rostro, ella que nunca lloraba. El frío y la neblina, la soledad y la ausencia de movimiento, de gente, de ruido chocaron en su cabeza contra su deseo inmemorial de conocer esa ciudad. Pero no había vuelta atrás.
Ahora, tres días después, regresaba al mismo lugar de llegada para emprender no la vuelta, sinoproseguir con el itinerario perfeccionista al que volvía una y otra vez por temor a cierto descuido que le hiciera perder algún colectivo o avión o confundir horarios o estaciones terminales. ¡Qué diferente le parecía la parte terrestre del conjunto de islas que formaban la urbe! Era como si un muro invisible las separara y el viajero se introdujera en el archipiélago a través de un túnel temporal y espacial. Poner un pie en tierra era, de alguna manera, poner un pie en la realidad, al menos, momentáneamente; mientras que el otro lado quedaba perenne en un terreno difícil de asir con la memoria.
Un considerable grupo de turistas (y no turistas) se subieron al colectivo que, para ella, tenía hasta este momento un destino incierto. Preguntó tímidamente a una mujer que la miraba con un rostro amable como si supiera del miedo voraz que estaba siempre a punto de devorarla, si ese transporte la llevaba a la estación de ómnibus. Le contestó que sí, y se quedó a su lado para indicarle el lugar en el que debía bajarse. Veinte minutos después le señaló la parada y la despidió con una sonrisa semejante a la de una

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